LA MALA PALABRA

Fragmento de Peligrosas Palabras
de → Luisa Valenzuela
Imágen: Rachel Deacon

Las niñas buenas no podían decir esas cosas, las señoras elegantes tampoco, ni las otras.
No podían decir ni esas cosas, ni las otras, porque no hay posibilidad de acceso a lo positivo sin su opuesto, el negativo revelador y revelado. Tampoco las otras mujeres, las no tan señoras, podían proferir aquellas palabras catalogadas de malas, las grandes, las gordas: las palabrotas. Las que no descargan del todo el horror contenido en un cerebro a punto de estallar. Hay palabras catárticas, momentos del decir que deberían ser inalienables y nos fueron alienados desde siempre.

Durante mi infancia las madres o los padres –por qué echarles la culpa siempre a las mujeres- nos lavaron a muchas de nosotras la boca con agua y jabón cuando decíamos alguna de esas llamadas palabrotas, las palabras sucias, las “malas” palabras. Cuando proferíamos nuestra verdad. Después vinieron tiempos mejores, pero esas interjecciones y esos apelativos nada cariñosos quedaron para siempre disueltos en la detergente burbuja del jabón que limpia hasta las manchas de la familia, Limpiar, purificar la palabra, la mejor forma de sujeción posible.
Ya lo sabían en la Edad Media, y así se siguió practicando en las zonas más oscuras de Bretaña y Franca, hasta unas pocas décadas atrás. A las brujas –y somos todas brujas- se les lavaba la boca con sal roja para purificarlas.

Y del dicho al hecho, de la palabra hablada a la palabra escrita: un solo paso. Que requiere toda la valentía de la que disponemos, porque creemos que es tan simple y sin embargo no, la escritura franqueará los abismos y por lo tanto hay que tener conciencia inicial del peligro, del abismo. Desatender las bocas lavadas, dejar que las bocas sangren hasta acceder a ese territorio donde todo puede y debe ser dicho. Con la conciencia de que hay tanto por explorar, tanta barrera para romper, todavía.

Es una lenta e incansable tarea de apropiamiento, de transformación. De ese lenguaje hecho de “malas” palabras que nos fue vedado a las mujeres durante siglos y del otro lenguaje, el cotidiano, que debíamos manejar con sumo cuidado, con respeto y fascinación porque de alguna manera no nos pertenecía. Ahora estamos rompiendo y reconstruyendo, la tarea ardua.
Estamos ensuciando con ganas esas bocas lavadas, adueñándonos del castigo sin permitirnos en absoluto la autolástima.

 


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