La amnesia es una afección donde la memoria se ve alterada de diferentes maneras; radica en la imposibilidad de recuperar información almacenada con anterioridad. Las causas pueden ser de origen funcional u orgánico.
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| Extracto del libro "Los niños que dejaron de soñar" de → JOAN MONTANE Es posible que el término amnesia sugiera una imagen excesivamente categórica, una imagen que no se ajusta a lo que pretendo explicar. De hecho, son estadísticamente pocos los que no tienen recuerdo alguno de los abusos sexuales de que fueron objeto en su infancia; no obstante, son más que suficientes como para tenerlos en cuenta. Por lo general, la mayoría tenemos lagunas más o menos extensas que abarcan episodios concretos de nuestro pasado. Dichos episodios pueden tener relación con los abusos, aunque también pueden abarcar épocas y sucesos que no parecer estar conectados con estos. Quizá podría haber utilizado el término memoria, un concepto con connotaciones menos contundentes y, por qué no decirlo, menos alarmantes. Pero si tenemos en cuenta que hablar de abusos sexuales en la infancia ya es de por sí alarmante, no tendría mucho sentido perdernos en un debate terminológico cuyo objetivo fuera encontrar un concepto más light. Además, hay personas que realmente no recuerdan apenas nada; sólo tienen intuiciones, flashes o sospechas, algo en lo que profundizaremos a continuación. Por lo tanto, podríamos concluir en que hay una especie de amnesia selectiva, pero se trataría de una amnesia aparentemente aleatoria, pues si bien lo que en algunos casos se elimina de la memoria consciente son los abusos, en otros sucede justo lo contrario: sólo se recuerdan los episodios de abuso, sin recordar apenas nada del resto de la infancia. La razón última de una u otra selección podría estar en la cantidad de abusos sufridos. La mente hace el esfuerzo de desechar los recuerdos especialmente perjudiciales para no romper la normalidad en la que nos hallábamos. Cuando el abuso es ocasional, cabe la posibilidad de que nuestra mente cumpla con esa función, pero cuando se trata de abusos que pueden durar muchos años, entonces, el sistema falla y nuestra mente elimina indiscriminadamente los recuerdos, de tal forma que se llegue a invertir el proceso para recordar de nuestra infancia tan solo los abusos. Llegados a este punto, es inevitable preguntarse: ¿cómo llegan las personas sin recuerdos a descubrir lo que sucedió en su niñez? Algunos sospechan de la existencia de abusos, basándose en indicios o flashes inconexos que, con el tiempo, terminan concretándose en algo más, aunque no mucho más, habitualmente. No es aconsejable crearse demasiadas expectativas en este sentido. En otros casos, es el terapeuta quien puede ir atando cabos e insinuar esta posibilidad. A veces, surge el recuerdo de repente, por ejemplo, ante el nacimiento de un hijo o cuando un hijo tiene la misma edad que teníamos nosotros cuando sufrimos los abusos. Por uno u otro camino se va confeccionando poco a poco una suerte de rompecabezas en el que faltan muchas piezas, pero que, al mismo tiempo, resultan suficientes para recrear el escenario de un pasado que se enterró hace tiempo en el olvido. A pesar de todo, en esas circunstancias no cabe esperar que las dudas desaparezcan por completo. Todos quisieran poseer ese recuerdo nítido e incontrovertible que legitime su postura y elimine cualquier sentimiento de culpabilidad. La razón por la que se recupera parte de la memoria, así como otras veces se convierte en una lucha con escasos resultados, es algo que excede mis conocimientos. Quizá se reduzca a algo tan simple como estar preparados para asumirlo o no estarlo. Parece lógico pensar que si estamos predispuestos a enfrentarnos con nuestro pasado lleguemos a obtener mejores resultados que si lo mantenemos todo en secreto. La culpa de que nuestros recuerdos se hayan convertido en un territorio inaccesible reside en la incapacidad para conectar con la causa originaria. El desconocimiento del origen entorpece en gran manera el inicio de cualquier proceso de recuperación. Sería como tratar de medicarse sin saber a ciencia cierta qué enfermedad nos está afectando. De todos modos, ya me apresuré a señalar con anterioridad la existencia de una serie de síntomas que llevan al afectado a generar ciertos recursos, como las sospechas, flashes imprevistos y otros. No es un gran alivio, pues en el mejor de los casos se tratará de un proceso angustioso en el que siempre nos estarán acechando las sombras de la duda. Los pensamientos intrusivos del tipo “¿No me estaré inventado todo esto para justificar algo para lo que no encuentro una mejor explicación?” suelen estar a la orden del día. A veces, intento realizar el ejercicio de viajar al pasado, y la verdad es que todavía me crea enormes dificultades situarme en la mente de ese niño que un día fui y saber qué pasaba por mi cabeza. Creo que no pasaba nada. O, en consonancia con lo escrito hasta ahora, no recuerdo nada. Sí de los hechos, pero no de lo que pensaba de ellos. Yo diría que el pensamiento sobre lo que me estaba sucediendo no tenía una explicación y, probablemente, si intuía alguna, esta no era buena, así que lo mejor era desecharla. A partir de ahí, la reiteración y el tiempo terminan invalidando la eficacia del mecanismo del olvido, si es que alguna vez la tuvo. Y para terminar, se borran los recuerdos sin que intervenga un patrón lógico, y es cuando aparecen las consabidas lagunas y problemas con la memoria. Llama la atención esa similitud de sensaciones, sentimientos y secuelas que experimentamos las personas que hemos padecido ASI, y más aun cuando siempre habíamos creído que no existía nadie que tuviera esos pensamientos y actitudes tan… ¿diferentes? Sin duda, actúa como un bálsamo averiguar que, después de todo, no somos tan extraños como creíamos. También reconforta saber que lo sucedido tiene una explicación lógica. Y eso mismo es aplicable a nuestros problemas de memoria. El esfuerzo al que nos obligamos para aislar del recuerdo aquel episodio de nuestra niñez nos obliga a pagar un peaje bastante oneroso. Al someter repetidamente nuestra memoria al olvido ocurre algo parecido, por utilizar un símil, a lo que sucede con la quimioterapia. Al final, se elimina lo bueno y lo malo. Tenemos permanente activado un dispositivo de eliminación, de ahí que no deba sorprendernos que en muchas ocasiones se nos olvide, incluso, lo que teníamos pensado hacer apenas unos segundos antes. Lo que habíamos achacado siempre a nuestro proverbial despiste, como vemos, puede tener su origen en los abusos sexuales de la infancia. ![]() |



Graciela








Córdoba de Argentina