MÁRILIN NUNCA APRENDIÓ A NADAR


Ya les he dejado un cuento de Silvia Schujer:
En la Luna
Hoy: Una extraña valija encontrada en la playa, cuando el cerrajero la abre, ¡desconcierto!.
Imágen: Google

Es de noche. La hora en que el mar y la arena reorganizan su intimidad.

Sentada sobre una roca, Márilin mira la luna y escucha las olas cuando se rompen.

La playa está desocupada.

Vacía.

Algo se recorta en el paisaje.

Es alguien.

Márilin echa un vistazo y distingue a una persona que se desliza por la playa cargando una valija.

Se inquieta. Una brisa fresca le eriza la piel de los brazos. Cree que es mejor alejarse cuando recuerda que es su último día de vacaciones.

Márilin no se mueve y, aunque trata de mirar hacia otra parte, ve a la persona que apoya la valija sobre la arena. Que la deja. Que se para frente al mar. Que da pasos hacia la orilla.

Que no se detiene cuando el agua le moja los muslos, los hombros, el cuello. Que ya no vuelve cuando ella se estira sobre la roca y le hace señas con las manos. Que no regresa cuando ya pasaron cuatro horas y sus ojos empecinados siguen buscando en el medio del mar.

A instantes de que amanezca, Márilin renuncia a la espera y decide volver al hotel.

Baja de las rocas. Se desplaza unos metros por la playa.

Deambula sin aliento hasta alcanzar la valija.

La valija es una caja de cuero rectangular.

Chica. Marrón. Rígida. Antigua.

Está herméticamente cerrada y sin llave a la vista.

Sólo cuando intenta levantarla Márilin toma conciencia de su extraordinario peso.

La arrastra por la arena borrando tras sus pasos las huellas de sus propios pies.

Está exhausta.

Duda entre ir a la policía o volver al hotel por su equipaje.

Mira el reloj. Es tarde. Su tren está a punto de salir.

Cuando llega a la vereda pasa un taxi.

Lo para. El chofer detiene el coche, baja y antes de que Márilin se lo pida, carga la valija en el baúl.

El hombre abre la puerta. Márilin se desploma en el asiento trasero.

—Rápido —murmura. Y mientras busca su pasaje en la cartera el auto arranca con destino a la estación.

Las últimas imágenes del verano se deshacen contra la ventanilla una calle tras otra.

Con la ayuda de un changador, Márilin atraviesa el andén hasta encontrar el vagón que le corresponde.

Pide permiso al otro ocupante de su asiento y se acomoda.

Recién cuando llega a su departamento cae en la cuenta de lo que ha perdido.

Extraña su ropa, su crema, su cepillo de dientes.

Se adormece poseída por la confusión.

Cuando se recupera, evoca la valija abandonada.

La dejó en el living apenas entró.

Busca cerrajeros en la guía y llama al que está más cerca.

En menos de una hora, un hombre toca el timbre de su casa.

Pasa.

Mira la maleta.

—¡Qué vejestorio! —suspira el hombre y se ríe como si su expresión fuera un hallazgo.

Estudia el candado.

Por fin saca una llave alargada y la hace girar en la pequeña cerradura.

—Listo —dice a Márilin. Y sin moverse de su lado (los dos están de rodillas frente al extraño equipaje) agrega en actitud de espera—. Puede abrirla.

Como Márilin no la toca, el hombre intenta animarla acercando sus propias manos. Y está a punto de destaparla cuando ella se lo impide con un gesto brusco.

El señor pide disculpas.

Márilin se apresura a pagarle. Lo acompaña a la puerta. Le agradece los servicios prestados y le indica el rumbo hacia el ascensor.

Sola en su departamento, Márilin se acerca a la valija y la abre de golpe. Se aleja como si de ella fuera a surgir algo incierto y, en efecto, sin darse cuenta de cómo ocurre, del interior brota una ola de agua salada que pega contra el techo, que rompe contra el piso, que vuelve a elevarse, que desparrama su volumen por todo el departamento, a más de un metro noventa centímetros de altura, haciendo que Márilin se revuelque desde una a otra pared, permitiéndole asomar la cabeza a la superficie cada vez con menos frecuencia porque ella nunca aprendió a nadar y siempre supo que se ahogaría allí donde no hiciera pie.

Movido por la curiosidad que le produce el alboroto, lejos de tomar el ascensor que lo conducirá a la salida, el cerrajero se ha quedado espiando a la dama por la mirilla que ella siempre olvida tapar, de manera que apenas suceden las cosas, el hombre se pone en acción.

Fuerza la cerradura con la primera herramienta que encuentra, abre la puerta del departamento de Márilin y como un experto salvavidas la saca a flote.

Sujetándola con un brazo y dando brazadas con el otro, el cerrajero llega hasta el ventanal que da al balcón y lo descorre.

Por la ancha abertura que conduce al exterior, el agua pasa, se cuela entre los barrotes y se precipita al vacío como una catarata.

Arrastrada por el oleaje la valija cae milagrosamente cerrada sobre la vereda, para sorpresa de los transeúntes que corren a refugiarse del brevísimo chaparrón.

Aferrados al ventanal, Márilin y el cerrajero respiran aliviados.

Él, deseoso de huir cuanto antes.

Ella pensando en el piso, en que nunca lo plastificó.

Silvia Schujer

Ilustradora Mariana Baizán

AUGUSTO ESQUIVEL

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Cuando niña, mi nona, mi abuela, guardaban ‘tesoros preciados’ ¡botones!, de todos los tamaños y colores. Luego seguí con ‘la tradición’.
Jamás se me ocurrió que se podrían realizar verdaderas obras de arte, como lo hace Augusto Esquivel.

Esculturas fascinantes, millones de botones suspendidos en el aire, utilizando tanza para la caña de pescar. Extintores, pianos, sillas, bolas de caramelo….
El artista dice ‘Al igual que un átomo en una molécula, cada botón sirve y da forma al conjunto. A pesar de que cada botón es diferente, juntos forman una unidad, por lo que son esculturas apreciables para entender los conceptos de unidad y trabajo en equipo’.

Augusto Esquivel

EL CAMINO DE LA HORMIGA

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Con lenguaje sencillo, Gustavo Roldán, disipa un conflicto misterioso: hormigas, sapo, lechuza, piojo, halcón…
El halcón planeaba haciendo círculos en el cielo.

En el enorme claro en medio del monte, las hormigas pasaban en una fila que no tenía comienzo ni fin. Iban marcando un camino que daba extrañas vueltas, giraba para aquí o para allá, y volvía a salir derecho hasta perderse en la distancia.

El sapo las miraba pasar, inmóvil. Ya tenía los ojos bizcos de tanto mirar.

-¿Qué está haciendo, don sapo? -preguntó el piojo, extrañado de verlo tan quieto y callado.

-Estudiando amigo piojo, estudiando.

-Solamente lo veo mirar hormigas.

-Eso es lo que estoy estudiando: a las hormigas.

-¿Y no se aburre? Mire que si hay un bicho aburrido es la hormiga. Todas iguales… todas iguales…

-¿Iguales? No crea amigo piojo. Eso es lo que estoy estudiando y descubriendo. Y créame que vale la pena.

-Es lo último que yo haría en mi vida.

-Está bien, ¿pero alguna vez se dio cuenta de que hay hormigas de ojos chicos, de ojos grandes, de patas cortas, de peinado con raya al medio?

-¡Don sapo, no me diga que no son todas iguales!

-Sí le digo. Hay rubias y morochas, gordas y flacas, altas y petisas… Yo las voy contando y calculo cuántas hay de cada clase. Las que más me interesan son las hormigas cantoras.

-¡Rubias y morochas! ¡Altas y con raya al medio! ¡Jamás me hubiera imaginado! ¿Está seguro, don sapo?

-Tan seguro como que dos y dos son cinco.

-Lo que no me convence es que sean cantoras. Jamás las oí cantar.

-Es que cantan despacito, con voz de hormiga.

-¿Y cantan lindo?

-No me gusta hablar mal de nadie, pero me parece que son un poco desorejadas.

-Con razón cantan despacito -dijo el piojo-. Así nadie protesta.

-Pero además hay un misterio que me tiene preocupado. Nunca pude ver cuál es la primera hormiga ni cuál la última.


-Cierto, don sapo, uno siempre ve un montón que está pasando.

-¡Ya se juntaron de nuevo para hablar tonteras! -protestó la lechuza-. ¡Hormigas cantoras, hormigas con raya al medio! Nunca había escuchado tantas barbaridades.

-Usted no miró bien, doña lechuza, jamás la vi acercarse a una fila de hormigas.

-¿Se cree que estoy loca? Mire si me voy a bajar de mi tronco para mirar esos bichos. Tengo cosas más importantes para ocupar el tiempo.

-A mí me parece que cualquiera es importante –dijo el sapo-. Lo que pasa es que a usted le gustan los bichos famosos.

-¡Bah!, las hormigas son todas iguales. El que vio a una hormiga ya las vio a todas. Por eso me gusta el oso hormiguero, porque se las come y así no andan molestando.

-¿Molestando? ¿En qué la pueden molestar a usted?

-En que día y noche hacen esos horribles caminitos en el pasto. Lo dejan todo rayado. ¡Así no se puede vivir!

-Yo no creo que todas sean iguales.

-Claro que sí. Son todas iguales, como son iguales todos los piojos y todas las pulgas.

El sapo se quedó callado.

Al piojo se le pusieron los pelos de punta.

El silencio comenzó a molestar.

-¿Sabe doña lechuza? -dijo el sapo-, yo escuché que el puma decía que las lechuzas eran todas iguales.

-¡Está loco este puma! Cada lechuza es una cosa única que no se parece a ninguna otra. ¡Cómo va a decir eso el puma! ¡Este mundo está mal de la cabeza!

Y la lechuza, ofendida hasta más no poder, se fue volando hacia la otra punta del monte.

-Don sapo -preguntó el piojo-, ¿es cierto que el puma dijo eso?

-No, don piojo, nunca lo dijo. Uno se queda sin argumentos ante tanta estupidez y una mentira chiquita sirve para terminar la discusión.

Yo también pensaba como la lechuza, pero por suerte me puse a mirar. Fíjese en ésa, don sapo, esa de ojos marrones y raya al medio, la que va llevando al hoja de mburucuyá. ¡Qué fuerza tiene!

Entonces se oyó un aleteo que hizo temblar las hojas de los árboles y el halcón se posó al lado del sapo y el piojo.

-Amigo halcón, tanto tiempo sin verlo -saludó el sapo-. Me alegra muchísimo que haya venido a visitarnos.

-Vine a contarles una cosa linda.

-No hay nada mejor que las buenas noticias –dijo el piojo.

-Y es algo de este lugar.

-¿Sí? Cuente, cuente, a las buenas noticias no hay que hacerlas esperar.

-Ustedes estaban tan distraídos que no me vieron planeando en círculos desde hace larguísimo rato.

-Estábamos ocupados estudiando a las hormigas dijo el sapo.

-Yo estaba haciendo lo mismo –dijo el halcón.

-¿A usted también le interesan las hormigas? -preguntó el piojo.

-Sí, don piojo. Habrá visto que los halcones siempre hacemos grandes círculos en el cielo, y damos vueltas. ¿Nunca se preguntó porqué?

-No. Únicamente envidio y me muero de ganas de hacer lo mismo.

-A los halcones nos gusta planear dando vueltas sólo para ver el camino de las hormigas.

-Eso estábamos haciendo con don sapo.

-Sí, pero ustedes ven un pedacito. Desde el cielo es un bellísimo dibujo, pero tan grande que desde el suelo no se puede ver. Mirando desde arriba uno se sorprende y no entiende cómo pueden hacerlo ni por qué lo hacen.

-¡Ojo de halcón! ¡Cómo me gustaría ver esos dibujos!

-¿Le gustaría don piojo?

-Me pongo loco de sólo pensarlo. ¿Pero cómo hago?

-Ya mismo se va a dar el gusto. Vaya saltando a mi cabeza y nos vamos a dar una vuelta. ¿Y usted, don sapo no quiere volar al lado mío?

-Hoy no, estoy un poco cansado. Mejor sigo mirando con ojo de sapo.

EL halcón, con el piojo prendido a las plumas de su cabeza, remontó vuelo, y el sapo se quedó con las hormigas.

Y ahí están todos.

La lechuza volando bajito y murmurando: “No puede ser, no puede ser. Este mundo está loco”.

En el suelo el sapo diciendo:

-¡Añamembuí! ¡Jamás se me hubiera ocurrido cual era el secreto del vuelo de los halcones!

Y por allá arriba, donde apenas llega el canto de los pájaros, el halcón y el piojo vuelan en círculos, sin cansarse de mirar los dibujos del camino de las hormigas.

Añamembuí ¡Maldición!

Gustavo Roldán

 


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